Gardel de Avellaneda

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Más allá de Francia, de Nueva York y de Palermo, entre el Abasto y Montevideo, su patria fue también Avellaneda. Al doblar el siglo, el sur de Barracas era la atracción prohibida del juego, la apuesta y las “pupilas”. Un francés gordo y atorrante cantaba en la calle Humahuaca, enfrente del mercado popular. El dueño del bar, puntero de Balvanera, estaba ligado al jefe político del sur, don Alberto Barceló. Amistades en común, un bandoneonista lo vinculó con Juan Ruggiero, el malandra de Dock Sud que lideraba el comité conservador de la calle Pavón, enfrente al frigorífico La Negra, y también manejaba el “escolaso” que a él tanto le gustaba. El cantor alegró las noches donde se preparaba el fraude electoral, y la gente de la capital jugaba sin trabas. Los matones de Ruggierito acompañaban a los porteños a cruzar el río. Cierta vez Gardel se metió con la mujer de un hombre “de respetar en el hampa porteña” y así recibió el balazo que le quedó alojado para siempre. Buscó la protección de su amigo del otro lado del Riachuelo y el pleito motivó una negociación entre guapos conservadores y radicales.

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Ruggiero tenía un fiero competidor “peludista” y rivales como el Gallego Julio, pero esta vez habría advertido que “si tocan a Gardel habrá guerra”. Y el interesado pasó una temporadita en Uruguay para calmar las aguas y poner a salvo una voz única en el mundo. Avellaneda le había dado documentos, protección, amigos, pasión futbolera, juego y milonga. Una tierra que tenía todo lo que la policía de la capital podía censurar y el tango necesitaba. El principal burdel de la Isla Maciel, el Farol Colorado, estaba a una cuadra de la escuela primaria. Cientos de pupilas brillaban en los cuarenta puteros de la isla y regaban la orilla hasta el Puente Alsina y Pompeya, a dos pesos la noche. El cruce de las calles Pavón y Mitre, Avellaneda a un paso de la capital, ofrecía muchachas rubias “importadas”. Gardel fue un ídolo carismático de los conservadores de zonas fabriles donde los obreros temían el crumiraje patronal. Los matones de Barceló llegaron al crimen político. Pero el ámbito dejaría paso, también, al humanismo social con herencia libertaria. Ver 17 de octubre de 1945

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Fuente: “Ruggierito”, por Adrián Pignatelli, para la revista Todo es Historia.

Pintura Pío Collivadino.

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